—Háilo y muy rico—dijo Casilda.

—Pues cuatro botellas, virtud sirviente; búscalas de las que estén más empolvadas, y si tienen telarañas, mejor. ¿Y qué haces tú ahí?—añadió don Francisco dirigiéndose á Pedro, que estaba detrás de la mesa con una servilleta en el brazo.—La señora y yo necesitamos estar solos.

Pedro salió.

—Os voy á hacer el plato—dijo Quevedo dirigiéndose á Dorotea—; este jamón de Granada es sumamente confortante; se ceba con víboras, es un plato que yo, que sólo gozo cuando como, le prefiero á todos; voy á haceros la copa; este tintillo de Pinto es un gran vino de pasto; refrigera y no predica. Vamos; arriba con esa copa y no lloréis ¡vive Dios! que me lastimáis.

—Os hago feliz puesto que os hago sentir—dijo Dorotea enjugándose los ojos y apurando de un trago la copa, después de lo cual tomó un pedazo de jamón y se lo llevó á la boca.

Quevedo la miraba profundamente.

Dorotea arrojó el bocado sobre el plato.

—¡Oh! no puedo, no puedo; me mataría como si fuera un veneno.

—Tan llena está de despecho que no la cabe ni un bocado; es necesario andar con cuidado con esta loca. Bebed más—añadió alto—, el beber os dará apetito.

Y la llenó de nuevo la copa.