Dorotea apuró la mitad y luego puso los codos sobre la mesa, apoyó la cabeza entre sus manos y quedó profundamente pensativa.

Quevedo entre tanto devoraba la enorme cantidad de jamón que se había servido, y mientras comía pensaba.

Casilda trajo cuatro botellas, las puso sobre la mesa y se retiró.

—¿Sabéis, Dorotea—dijo de repente Quevedo—, que es necesario que toméis una determinación? Estáis muy enferma, hija.

—Tengo ya mi determinación tomada—dijo Dorotea.

—¡Veamos si en medio de vuestra locura tenéis juicio!

—Pienso.. sufrir y callar y no vengarme de nadie... ni aun de vos.

—¡De mí! ¿y qué culpa tengo yo?

—Porque lo trajísteis á mi casa...

—¿Quién había de pensar?...