—Vos adivinásteis que me había yo de enamorar de él... y no os engañásteis, porque no os engañáis nunca.

—Eso no es verdad, porque me he engañado con vos.

—¿Me creíais más perdida de lo que estoy?

—No os creía tan corazón y tan alma y tan voluntad...

—¡De modo que vos creísteis que mis amoríos con don Juan!...

—Serían sol que sale y sol que se pone... yo os necesitaba por un solo día y creí que con teneros asida de cualquier modo de sol á sol...

—¡Ah! ¿hicísteis venir á propósito, con mala intención, á don Juan á mi casa?

—Vamos claro: ¿os pesa de amar á don Juan?

—Por muy desgraciada que su amor me haga, no quiero verme curada de él.

—Bien, muy bien; respondéis á mis preguntas como un instrumento perfectamente templado á la mano que sabe tocarle. Sigamos hablando, y acabaremos por ser los dos más grandes amigos del mundo. Pero bebed, hija, bebed; vuestro Jerez es un verdadero néctar de los dioses, se conoce que se lo han regalado al duque de Lerma.