—Impidiendo que me prendan. Porque preso yo, don Juan queda sin consejo, sin ayuda.

—No os prenderán ó he de poder poco.

—Se necesita además...

—¡Qué!...

—Que engañéis á vuestro... ¿qué sé yo lo que es vuestro el tío Manolillo?

—¡Ah! ¡infeliz!

—Es necesario que le digáis, que le hagáis creer que nada os importa ya don Juan.

—Os comprendo, os comprendo, descuidad.

En aquel momento sonó el ruido de una carroza y Casilda entró azorada.

—¡El duque de Lerma!—exclamó.