—El duque... lleváos al momento esta mesa... y vos... vos don Francisco, escondéos aquí.
—¡Cómo! ¿en vuestro dormitorio?
—Sí, sí, desde ahí podréis oír y ver. Desde ahí podréis juzgar si soy digna de que me apreciéis.
Don Francisco entró.
Poco después, quitada ya de en medio la mesa, sentada en el hueco de un balcón, Dorotea estudiando su papel de reina Moraima, entró el duque de Lerma.
CAPÍTULO LVI
EN QUE EL AUTOR RETROCEDE PARA CONTAR LO QUE NO HA CONTADO ANTES
Cuando entró en su casa doña Juana de Velasco, duquesa de Gandía, de vuelta de palacio, se encerró diciendo á su dama de confianza:
—Cuando vengan don Juan Téllez Girón y su esposa doña Clara Soldevilla, introducidlos y avisadme.
A seguida se sentó en un sillón, y quedó inmóvil, pálida, aterrada, muda como una estatua.