Púsose en pie de un salto el conde de Haro.
El duque de Gandía no se movió del sillón en que estaba sentado.
—Sí, sí señor, vengo á que me deis un hijo por medio de una de vuestras hijas.
—¡Ah!—exclamó sentándose de nuevo el conde de Haro—; eso es distinto; ahora lo comprendo; pero decidme, amigo don Francisco, ¿estáis seguro, es decir, tenéis probabilidades de obtener hijos?
—Al menos los médicos me lo han asegurado.
—Bien; ¿y cuál de mis hijas queréis?
—La más hermosa.
—La destino para monja, y si no ha profesado ya es porque todavía no ha salido de ella; no quiero violentarla.
—¿Pero tiene hecho algún voto?
—No.