—¿Sabe ella vuestra voluntad?
—No, porque yo quiero que haga la suya.
—¿Habéis hecho alguna promesa á Dios?
—Tampoco, porque no puedo prometer lo que otro ha de cumplir, y mucho más cuando ese otro es hija mía.
—¿De suerte, que sólo tenéis un ligero deseo de que sea monja?
—Es tan candorosa, tan sencilla mi hija doña Juana...
—Pues mejor, mucho mejor; yo sólo sabía, porque lo había oído á muchas personas, tratándose de vuestra familia, que teníais una hija que era un portento... Como para mí la mujer es completamente inútil, sino para madrear, ni reparé en ello, ni sentí absolutamente deseo por conocer á ese portento de vuestra hija; pero cuando empecé á pensar en que yo debía tener un heredero, y para ello me era forzoso casarme, sin saber cómo, se me vinieron á la memoria los elogios que acerca de una de vuestras hijas había oído.
—Pero si la mujer es para vos completamente indiferente, si sólo os casáis mecánicamente—dijo el conde de Haro, que era un tanto socarrón—, casáos con la menor de mis hijas; tiene veinte años, es fea, fuertemente fea de cara, pero robusta, llena de vida, y á propósito, decididamente á propósito para la maternidad. Me quitaríais de encima un cuidado, porque aunque la he dotado mejorándola, para contrapesar con dinero lo que la falta de hermosura, no hay un cristiano que cargue con ella; vos es distinto; á vos, para quien no existen los encantos de la mujer, ¿qué más os da?
—Amigo don Iñigo, yo he sido muy buen mozo.
—Ya lo sé.