—Y quiero que mi hijo ó mi hija lo sean.

—Es muy justo.

—Porque á más de la nobleza de la sangre, es conveniente tener la nobleza natural de la hermosura.

—Sin duda.

—Ahora bien; un chiquillo se parece á su padre ó á su madre, ó á los dos; si se parece el que yo tenga de una hija vuestra á mí cuando tenía treinta años, estoy satisfecho; pero si le da la gana de parecerse á su madre... Es necesario que sea hermosa.

—Esto se parece á la manera cómo se hacen los caballos de la cartuja de Jerez—dijo el conde de Haro, á quien convenía una alianza con el duque de Gandía, y á quien la tiesa extravagancia de éste hacía feliz.

—En efecto, quiero un heredero robusto y hermoso; por lo mismo os pido esa hermosísima hija que tenéis... que se quedará viuda pronto con un título ilustre y con cien mil ducados de renta.

—No hablemos de eso—dijo poniéndose serio el conde de Haro—; mi hija llevará á vuestra casa en dote, las buenas tierras de un mayorazgo de hembra que posee, cuya renta sube á trescientos mil ducados.

—No hablemos de eso—dijo el duque de Gandía—; yo no necesito más que la hermosura y la nobleza de vuestra hija.

—Tiene treinta años.