—¿Y te pesa?

—No, señor.

—Dilo sin reserva, sin temor.

—Yo no tengo más voluntad que la de mi buen padre.

—Se trata de que cambies de estado.

—Muy bien, señor.

El conde besó á su hija en la frente, la levantó y la sentó junto á sí.

Doña Juana permaneció con los ojos bajos.

—Este caballero es mi antiguo amigo, mi hermano de armas don Francisco de Borja, duque de Gandía, de quien me has oído hablar tantas veces con nuestra parienta la abadesa de las Descalzas.

Doña Juana levantó la cabeza, miró de una manera serena á don Francisco, que no había cesado de examinarla, y le saludó de nuevo.