—Este caballero—añadió el conde—, te pide por esposa.
Pasó por los ojos de doña Juana algo doloroso, pero tan recatado, tan fugitivo, que ni su padre ni el duque lo notaron.
Pero no pudieron dejar de notar el vivísimo color que cubrió las hermosas mejillas de la joven.
—¿Qué respondéis á eso?—dijo el conde.
—Que vuestra voluntad es la mía, padre y señor—contestó doña Juana.
No se habló más del asunto, porque no era necesario hablar más.
Dióse parte á deudos y amigos de estas bodas, encargáronse galas á Venecia, se renovaron muebles y se aumentó la servidumbre de la casa del duque de Gandía, con lo que hacía muchísimos años, desde la muerte de su madre, no había tenido, esto es: con dueñas y doncellas, y dos meses después de la petición, doña Juana de Velasco fué duquesa de Gandía.
Entonces, y sólo entonces, la conoció don Pedro Girón.
Conocerla y codiciarla, fué cosa de un momento.
Codiciarla y poner los medios para obtenerla, fué subsiguiente.