Pero el terrible duque de Osuna encontró una barrera insuperable á sus deseos, en las costumbres, en el candor, en la pureza de doña Juana.
Cuando el duque, aprovechando una ocasión, la decía amores, doña Juana se callaba, se ponía encendida y buscaba en la conversación general una defensa contra las solicitudes del duque.
Si éste la encontraba sola en su casa, doña Juana llamaba inmediatamente á sus doncellas.
Si el duque la seguía á la iglesia, la duquesa no levantaba la vista de su libro de devociones.
Llegó á contraer un empeño formidable el duque de Osuna.
Y lo que era peor, un amor intenso.
Porque doña Juana de Velasco lo merecía todo.
Irritábale aquella resistencia, porque él estaba acostumbrado á llegar, ver y vencer, como César.
La conducta fría, tiesa, sostenida de doña Juana, le sacaba de quicio.
Y, sin embargo, doña Juana le amaba con toda su alma; desde el momento en que le vió guardó su recuerdo, reposó en él, acabó en fin, por enamorarse; pero pura, y digna, y acostumbrada á las rígidas prácticas del convento, guardó su amor dentro de su alma, le combatió, le dominó si no le venció, y ni el mismo hombre amado pudo apercibirse de él, ni aun el confesor tuvo noticia alguna.