Porque decía doña Juana:
—La honra de un esposo es un depósito tan sagrado, que no debe menoscabarse ni aun delante del confesor.
La duquesa se confesaba directamente con Dios, y le pedía fuerzas para resistir al duque, que no cesaba en su porfía.
Y Dios se las daba.
Y cuenta que junto á doña Juana no había nada extraño que concurriese á defenderla.
El duque de Gandía, rara vez, y aun así por pocos momentos y tratándola ceremoniosamente, entraba en sus habitaciones.
No era un marido, ni mucho menos un amante, ni siquiera un amigo.
Doña Juana para el duque de Gandía, no era más que un medio.
Y como aquel medio había respondido admirablemente á su intento, puesto que al poco tiempo de casada, los médicos declararon que la duquesa se encontraba encinta, el duque, logrado su deseo, se fué á sus posesiones de Andalucía á pasar el invierno, y dejó en completa libertad y en absoluta posesión de su casa á su esposa.
Esto tenía sus peligros, que no se ocultaban á la duquesa.