Don Pedro Téllez Girón no era un amante vulgar.

Irritado como se encontraba por la resistencia de doña Juana, debía poner en juego todos sus recursos.

Doña Juana, que era sencilla, pero no simple; modesta y dulce, pero no cobarde; callada y circunspecta, pero no torpe, se entró un día sola en el aposento del duque su esposo, tomó un pistolete y lo llevó á su aposento, después de cerciorarse de que estaba cargado.

Doña Juana se había puesto en lo peor.

Y como todo el que se pone en lo peor, había acertado.

El duque, no encontrando ya persuasión ni insistencia que bastasen para ablandar á aquella roca, apeló al oro, y corrompió, enriqueciéndola, á la servidumbre particular de la duquesa.

Esta oyó una noche rechinar levemente una puerta.

Cuando el duque, que era el que había hecho rechinar aquella puerta, entró en el aposento de doña Juana, se encontró á esta vestida de blanco de los pies á la cabeza, más hermosa que nunca, pero terrible.

Doña Juana tenía un pistolete amartillado en la mano, y apuntaba con él al pecho del duque, á dos pasos de distancia.

—¡Bravo recibimiento me hacéis!—dijo el duque, á quien de antiguo no imponía espanto el peligro—; contaba con resistencia, porque os conozco bien; pero no creía que me presentáseis batalla.