—Si no os vais, os mato—dijo la duquesa con la voz más serena y más sonora del mundo.

—Habéis de ser mía—dijo el duque, y se fué.

La duquesa desarmó el pistolete, y se acostó como si tal cosa.

Al día siguiente, las dueñas y las doncellas del cuarto de la duquesa fueron despedidas por el mayordomo.

—Pero, ¿por qué se nos despide?—dijo una doncella que había sido envuelta sin culpa en el naufragio universal.

—No lo sé, señoras mías—dijo el mayordomo—; no sé más, sino que su excelencia acaba de decirme que despida á sus dueñas y á sus doncellas.

Y el mayordomo decía la verdad.

No sabía absolutamente nada.

El duque se dió á los diablos, y tomó el prudente partido de esperar.

Mientras esperaba, la duquesa dió á luz un hijo varón.