Pero encontró cerrada la puerta del hogar de doña Juana.

Esperó, pero pasó algún tiempo, y doña Juana no se dió á luz.

Entonces el duque tuvo una sospecha: la de si el retiro de doña Juana tendría por objeto ocultar un estado embarazoso.

Bajo la influencia de este pensamiento, don Pedro se encerró en su camarín más reservado, tomó unas tijeras y en un libro, y provisto de una escudilla de plata con engrudo, se puso á cortar, á aislar, á descomponer una por una las letras de imprenta, y luego pegándolas con el engrudo sobre un papel, compuso la siguiente carta:

«Juana de mi alma, corazón mío: Yo soy el dichoso y el desdichado que te encontró en una galería de El Escorial una noche de que es imposible que te olvides. Como has desaparecido de la corte, como te has encerrado, temo que sea una verdad dolorosa lo que sospecho. Si la deshonra te amenaza confía en mí: yo te salvaré. Pero contéstame. Mañana á la noche estaré, después de las doce, á los pies de tus ventanas que dan á la calle excusada.

Tanto tardó el duque en componer esta carta, que ya era de noche cuando concluyó.

Vistióse de negro, envolvióse en una capa parda, cubrióse con un ancho sombrero, y se fué en derechura con su carta cerrada á casa de la duquesa de Gandía, ó más bien á la calle donde la casa estaba situada.

Esperó en un zaguán, y cuando salió un lacayo le siguió y le dijo, fingiendo la voz de tal modo que no podía ser reconocido:

—Yo soy tal persona, que puedo hacerte mucho daño si te niegas á servirme, y rico si me sirves bien.

Y diciendo esto, puso en las manos del lacayo algunos doblones de á ocho.