—Ya me conocerás. Entre tanto toma esta cadena.

—¡Una cadena!

—Que vale trescientos doblones.

—¡Ah! ¡trescientos doblones!—dijo Esperanza tomando con ansia la cadena.

—Ya conocerás que quien tanto te da debe amarte mucho.

—¡Oh! ¡y qué buena suerte la mía, señor!

—No es la mía tan buena.

—¿Por qué? yo... os quiero ya... os quiero bien.

—No lo dudo. Pero me parece que no me querrás tanto que me recibas esta noche.

—¡Ah, señor! no he tenido tiempo de buscar la llave del postigo.