—¿Pero la tendrás mañana?
—Sí; sí, señor.
—Y dime, ¿nos podrán sorprender por esta parte?
—No; no, señor; por aquí no viene nadie; ese postigo no se abre nunca; por lo mismo, es necesario buscar la llave.
—Cuento con que mañana...
—¡Oh! sí; sí, señor.
—Pues entonces, hasta mañana después de las doce.
—Hasta mañana.
El duque se fué, y la doncella se subió á su aposento con el corazón latiéndole con impaciencia por el regalo que la había dado su extraño amante.
Cuando tuvo luz; cuando estuvo sola, miró estremecida la cadena y ahogó un grito de asombro.