—¡Dice que vale trescientos doblones!—exclamó—y bien lo creo; esto es muy bueno, muy hermoso, ¿pero por qué me da tanto ese caballero? ¿si serán falsas estas piedras? Yo soy bonita, es verdad (y la muchacha no mentía), pero nadie me ha ofrecido tanto; cuando á una le dan para vivir toda su vida, cuando puede ser rica... y luego... debe ser hermoso... yo le veía los ojos en la sombra y me abrasaban... como que creo que le quiero... pero si fueran falsas estas piedras...

Esperanza no durmió en toda la noche; al día siguiente se levantó muy temprano, y se fué á una platería.

—Un caballero que me solicita—dijo al platero—me ha dado estas joyas: yo he temido que sean falsas.

—¿Falsas? ¡eh, señora! si queréis ahora mismo por ellas doscientos doblones...

—¿De veras?

—Tan de veras como que os los doy.

—No, no las vendo; quedáos con Dios.

Y Esperanza volvió loca de alegría á su casa.

Entretanto, el duque de Osuna decía á su mayordomo:

—Oye: ¿no tengo yo ninguna casa en Madrid desalquilada?