—Sí; sí, señor: en la calle de la Palma Alta tiene vuecencia una.
—Hazla amueblar, y luego tráeme la llave y las señas de la casa.
—Muy bien, señor.
A la noche, á las doce en punto, el duque de Osuna llegó á la calleja á donde daba la parte posterior de la casa de la duquesa de Gandía.
Reconoció la primera reja por donde había hablado la noche anterior con Esperanza; vió sobre ella el mirador con celosías, y arrancándose una cinta del traje, la ató en un hierro; después, llegó á la última reja, y esperó.
Pero tuvo que esperar muy poco, porque Esperanza, que ya le esperaba, abrió al momento el postigo de la reja.
—¡Ah! ¡buenas noches!—dijo la joven—; os esperaba con impaciencia.
—¿Y me esperabas decidida á todo, luz de mi vida?—dijo el duque fingiendo siempre la voz y haciendo una violencia para enamorar á la doncella.
—Sí; sí, señor; pero vos no pensaréis mal de mí—dijo con cierto embarazo Esperanza.
—No, de ningún modo—dijo con impaciencia el duque—; ¿tienes la llave?