—Sí, señor, trabajo me ha costado quitarla del manojo del conserje... pero ya está aquí.
—Concluyamos entonces...
—¡Ah, señor!... si os sintiese...
—¿Decididamente consientes ó no en abrirme?
—¡Ah, sí, señor!... pero si me engañáseis...
—Mejor suerte has de tener que la que esperas...
—Pues bien... sí... sí, señor; id por el postigo. ¡Dios mío!
El duque de Osuna se acercó al postigo, latiéndole el corazón.
Esperanza abrió.
Cuando hubo abierto, el duque la asió una mano y tiró de ella.