—¿Qué hacéis?—dijo asustada Esperanza.

—Yo no me atrevo á entrar—dijo el duque.

—Y entonces, ¿para qué queríais que abriese?

—Para que salieras tú...

—¡Pero Dios mío!... yo no os conozco.

—¿Y qué te importa?...

—Sí, sí—dijo con energía Esperanza—; venís encubierto, podéis ser un ladrón, haberme dado esas joyas y ese dinero para engañarme.

—Y tiene razón la muchacha—dijo para sí el duque de Osuna, pero sin soltarla.

Esperanza estaba fuertemente asida al marco de la puerta y pugnaba por desasirse del duque.

—Si no me soltáis, grito.