Y volviendo la espalda al sobrino de su tío, se embozó en su ferreruelo, y se fué derecho á un maestresala que cruzaba por la antecámara.
Al ver el maestresala que se le venía encima una figura negra y embozada, donde todos estaban descubiertos, dió un paso atrás.
—No soy dueña—dijo Quevedo.
—¿Qué queréis?—dijo el maestresala con acento destemplado.
—Decid á su excelencia, vuestro amo, que soy la duquesa de Gandía.
Dió otro paso atrás el maestresala.
—Mirad—dijo Quevedo ganando aquel paso.
Y mostró al maestresala el sobrescrito de la carta que le había dado la de Lemos.
—Acabáramos—dijo el maestresala—; con haber dicho que teníais que entregar á su excelencia en propia mano...
—Esta carta viene sola.