—¡Una sola palabra!

—¡Qué!

—¡Me amáis de veras!

—¡Sí!—dijo el duque.

—Pues bien; el amor iguala... yo no sé por qué te amo también, duque mío.

—¡Diablo!—exclamó para sí el duque—; esta muchacha es más hechicera y tiene más talento de lo que yo creía. Me va interesando ya... como puede interesarme una mujer que no es la duquesa de Gandía.

Abrióse en aquel momento la puerta de una casa, y entró la silla de manos.

Se detuvo, y los hombres que la conducían se alejaron, y volvió á cerrarse la puerta.

El duque abrió entonces la portezuela, salió, hizo luz con la linterna, y dió la mano á Esperanza.

—Estamos enteramente solos—dijo el duque—: los que nos han traído no saben quién eres, ni de dónde sales.