—Por lo mismo lo hago, porque creo que estáis enamorado de mí.

—Pero aún queda ese enojoso vos.

—¡Hablaros yo de tú, como á Cosme Prieto! Es verdad que yo no soy como otras que vienen á servir de mi tierra. Yo soy noble.

—¡Hola!

—Mi padre tiene una torre con almenas en la Montaña, nuestro solar es muy antiguo; me llamo Esperanza de Figueroa.

—¡Ah! ¿Eso es cierto?

—Ya lo sabréis...

—¿Y servías...?

—Como doncella, á una grande de España; hay muchas damas sirviendo en la corte, hijas de nobles pobres; no se nos trata como se debía... ¡la necesidad...! somos siete hermanos... mi padre enfermo... mi madre anciana...

—¡Ah! ¡ah! pues mejor, mejor... yo enriqueceré á tus padres... yo no te abandonaré.