—Es necesario, necesario de todo punto—pensaba el duque—, que yo sea por algún tiempo amante de esta muchacha, para que no pueda sospechar nada, para que crea que todo esto lo hago por ella.

Y acercándose á Esperanza la abrazó.

Esperanza, en el primer movimiento instintivo, luchó por desasirse del duque; pero luego se estuvo quieta.

—¡Diablo!—dijo don Pedro—, del mal el menos; es buena moza cuanto puede pedirse, y parece honrada y buena... ¿qué diablos de complicaciones...? una querida más... y una pensión más... porque si no es mi querida, sospechará... podrá presumir, y es necesario que no presuma.

Y tras este pensamiento, el duque enamoró de tal modo á Esperanza, que ésta dijo al fin para sus adentros:

—Le parezco hermosa, y como estos señores son tan ricos y tan orgullosos, ha querido tenerme sin que nadie lo sepa... pero esto durará poco... y me dejará enamorada. ¡Dios mío! ¡y qué hermoso, y qué galán es!

Y la muchacha suspiró.

—¿Por qué suspiras?—la dijo el duque.

—Porque os amo—dijo Esperanza dejando caer la cabeza sobre el hombro del duque.

—Ya no me llamas excelencia, ni señor—dijo don Pedro—, y esto me agrada.