—¡Ah, señor! ¡perdonadme, perdonadme por haber dudado de vuecencia!—exclamó.

—No me conocías—dijo el duque—, y nada tiene de extraño. Pero abreviemos, estoy en ascuas... quiero verme fuera de aquí cuanto antes. ¿Te negarás ahora á seguirme?

—No, no, señor... pero no tengo manto... me he dejado arriba en mi aposento, en mi cofre las joyas que vuecencia me dió...

—Nos espera una silla de manos muy cerca... en cuanto á las joyas no importa... vamos.

—¡Ah, señor...! ¡voy á seguiros...! ¡no sé lo que me sucede! ¡pero no me perdáis...!

El duque tiró de ella, llegó al postigo, tomó la llave de la parte de adentro, la puso por la parte de afuera, cerró, guardó la llave y se alejó con Esperanza.

A la revuelta de la primera calle, el duque dió una palmada.

Acercaron una ancha silla de manos, y Esperanza y el duque entraron en ella.

La silla se puso inmediatamente en movimiento.

Esperanza guardaba silencio; el duque meditaba.