—No importa—dijo—, aprovecharé el tiempo: escribiré lo que he de copiar con esas letras.
La duquesa de Gandía se puso á escribir su original, es decir lo que debía después componer.
Y al escribirlo la infeliz lloraba.
Cuando estuvo concluida la carta, que no fué sino mucho después del amanecer, porque la duquesa había pensado mucho, había rayado muchas palabras, que por la delicadísima índole del asunto, la habían parecido inconvenientes, resultó lo que sigue:
«Señor, que no puedo llamar de otro modo al que tiene por una casualidad desdichada mi honra y mi vida, que todo es uno, en sus manos: Yo quiero creer que sois noble y generoso, y que será verdad que no me habréis comprometido valiéndoos, para hacer llegar á mis manos la carta vuestra que contesto, de la liviandad de una de mis doncellas, á quien yo creía por cierto más honrada. Quiero creer, que ni me culpáis por lo sucedido, ni habréis revelado ni revelaréis á nadie, ni aun á vuestro confesor, lo que sin conocernos ha pasado entre nosotros. En efecto, señor: lo que teméis es una horrible realidad, soy madre: por el amor de Dios, señor, ya que lo sucedido no tiene remedio, á vuestro honor me entrego; de vos, que sois la causa de mis desdichas, espero la salvación, y si me salváis, si nadie en el mundo más que vos puede saber lo que me sucede, si queda secreto, yo os perdonaré. Entre tanto, señor, seáis quien fuéreis, noble ó plebeyo, necesito saber vuestro nombre; necesito conoceros, para no dudar, para no creer que todos los que me hablan conocen mi desdicha. Cuando recibáis esta noche á las doce mi carta, entrad, entrad como habéis entrado hace poco, y hablaremos con la puerta de por medio, hablaremos y convendremos en lo que hayamos de convenir. Adiós, señor, la desdichada á quien conocéis y que no os maldice, porque no sabe maldecir; que no os odia, porque no sabe odiar.»
Después de escrita esta carta, la duquesa la guardó cuidadosamente, envolvió cada suerte de letras de las que había cortado en su papel correspondiente y las guardó, cerró asimismo el libro de devociones, y se acostó.
Algunas horas después, ya muy entrado el día, cuando la despertaron, la dueña más antigua la dijo toda azorada:
—¡Señora! ¡Esperanza de Figueroa ha desaparecido!
—¡Que ha desaparecido Esperanza!—exclamó la duquesa con tal asombro, tan ingenuo y tan natural, como si aquella hubiera sido la primera noticia.
—Sí; sí, señora: desaparecido completamente.