Poco después la duquesa tenía en su habitación el pequeño cofre de Esperanza, descerrajado.

Quedóse sola, y fué sacando la pequeña hacienda de la joven.

Consistía en escasa ropa blanca, algunos abanicos, y otras joyuelas.

Pero en un rincón del cofre, la duquesa encontró un pequeño envoltorio; un envoltorio pesado.

Le abrió, y encontró quince doblones de oro de la cruz, una rica sortija y una cadena de diamantes.

La duquesa lo adivinó todo.

—¡Oh!—dijo profundamente—; la ha deslumbrado, la ha engañado, se la ha llevado consigo para que no hable: ¿quién será este hombre que tan villanamente obró conmigo aquella noche funesta, y que con tanta hidalguía cuida de que nadie, ni el aire pueda sospechar de mí? ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¡si fuera el rey!... dicen que el rey es muy dado á las mujeres, muy enamoradizo... pero el rey no se recataría tanto... no, no... ¿quién será, Dios mío? ¿quién será?

Y ni por sueños pasó por la imaginación de la duquesa, que aquel hombre pudiera ser don Pedro Téllez Girón.

Tan imprudente le creía doña Juana, que á habérsela ocurrido aquel pensamiento, le hubiera desechado como absurdo.

Y eso que siempre tenía en la memoria al duque de Osuna, porque le amaba.