Pero para ella sola, con un amor encerrado en el fondo de su alma.

La duquesa guardó el dinero y las dos alhajas, puso de nuevo en el cofre lo que de él había sacado, y mandó que lo pusiesen entre sus cofres de uso diario.

Luego esperó con impaciencia á que diesen las doce de la noche.

Poco antes ocultó la luz, se asomó á la reja y esperó.

Al dar las doce, se oyeron pasos en la calleja, apareció un bulto, y se detuvo debajo de la reja donde estaba asomada la duquesa.

Esta, temblando, dejó caer la carta.

El bulto la recogió, y la dijo con voz desfigurada:

—Mañana te contestaré, adorada mía; á las doce echa un cordón donde yo pueda poner mi carta.

Y cuando la duquesa, atropellando por todo, iba á contestar, el bulto desapareció.

Doña Juana se entró despechada en su dormitorio, se acostó, pero no durmió.