A la noche siguiente, en punto de las doce, al entrar el duque de Osuna en la calle, al pararse bajo la reja, sintió abrir la del piso bajo.
—Caballero, quien quiera que seáis—exclamó la duquesa de Gandía, que ella era—, escuchadme en nombre de vuestro honor.
El duque, sobresaltado, guardó silencio por algunos segundos.
Luego, desfigurando completamente la voz, contestó:
—¡Oh! ¡y qué imprudente eres, y á qué terrible prueba me sujetas!
—Habladme como queráis—dijo la duquesa—; yo no puedo evitarlo; soy vuestra esclava.
—Perdonad, ¡ah! perdonad, señora—dijo el duque—, pero os amo tanto...
—¿Y por qué siendo yo viuda, antes de llegar al punto á que habéis llegado...?
—¿No os he dicho mi amor... no es verdad? sois tan virtuosa, señora, tan insensible...
—Soy lo que debo de ser, pero no se trata de eso: ¿quién sois vos?