—No, no me conocéis. Pero veamos, señora, lo que hemos de hacer; lo que importa es salvar vuestro honor.

—¡Ah, Dios mío! ¿y cómo?

—Nadie sabe por mi parte que yo os he escrito; para que mi carta llegue á vuestras manos ha sido preciso que yo engañe á una de vuestras doncellas.

—¡Esperanza! la habéis seducido, la habéis comprado...

—¡Cómo sabéis!..

—Sí, sí por cierto... y os entrego el dinero y las alhajas que la dísteis.

—Yo guardaré como preciosísimas estas alhajas y estas monedas que han estado en vuestro seno y que guardan su dulce calor—dijo don Pedro, tomando aquellos objetos que le daba la duquesa, y estrechando de paso una de sus manos, que la duquesa retiró vivamente.

—¡Ah!—exclamó con indignación—¡no os basta el haberme perdido, sino que aún me seguís insultando!

—¡Perdonad, señora, pero os amo tanto!

—¿Y desde cuándo me amáis?...