—Bastante castigado estoy, señora.
—¡Oh! ¡qué situación tan horrible la mía!—exclamó la duquesa.
—Horrible, sí, muy horrible—exclamó el duque—; horrible para los dos.
—Porque... porque vos habéis sido un infame—dijo la duquesa, que no pudo contenerse más, llorando.
—Culpad á Dios, que os ha hecho tan hermosa.
—Concluyamos, caballero, concluyamos—dijo la duquesa—; os habéis burlado de mí... ya no tiene remedio; yo no me vengaré, yo no os maldeciré... pero Dios os castigará.
—Ya os he dicho que estoy harto castigado.
—¿Pero no os dais á conocer? Os juro que no me quejaré, que me resignaré... pero vuestro nombre...
—No puedo... no debo... no lo diré...
—Yo debo conoceros, puesto que con tal cuidado fingís la voz.