—El rey me hará ahorcar el día que me coja...
—Sois cruel; sois miserable... habéis cometido conmigo un crimen inaudito y no lo queréis reparar.
—No puedo... pero nadie conocerá...
—Eso es imposible.
—Os juro que el secreto quedará únicamente entre los dos.
—¿Por qué no me habláis con vuestro acento natural?
—Si os hablo sin desfigurar la voz, soy perdido.
—¿No cederéis?
—No.
—¡Que os castigue Dios!