—No.
—¿Pues si no sois casado?...
—Mi cabeza está sentenciada...
—¡Sentenciada! ¿Por qué delito?...
—Por haber puesto mano á la espada contra el rey.
—¡Ah! ¿y sois noble?
—Porque soy noble; la misma noche en que fuísteis mía...
—¡Callad!... pero si es cierto... yo preguntaré...
—Nada sabréis, porque el rey y yo estábamos solos.
—¿Y no puede el rey perdonaros?...