—Por el momento, alejar á Esperanza de Madrid. Para eso necesito irme con ella, estar á su lado algún tiempo.

—¡Ah!

—Un mes á lo menos. Hoy estamos á primeros de Abril; el primero de Mayo á las doce de la noche en punto, estaré en esta reja. Adiós.

—¿Os vais?

—Sí...

—Y si os dijese que... que os amo...—dijo con gran dificultad la duquesa.

—Yo sé que no me amáis; yo sé que mentís... perdonadme, pero esta es la verdad; que mentís para arrancarme mi nombre; vos no me amáis.

—No... no miento—exclamó toda turbada la duquesa.

—Pues bien, señora, yo tengo la llave de ese postigo; si es cierto que me amáis, permitidme que llegue hasta vos.

—¡Ah! ¡no! ¡no! ¡imposible! si queréis que yo sea vuestra, hablad, descubríos el rostro, que yo os juro ser vuestra esposa.