—Yo os quiero así, mi señor... yo me muero por vos, y aunque no fuéseis rico ni duque, os amaría del mismo modo.

—Oye: es el ruido de un coche. Mientras concluyes de vestirte voy á ver si falta aún algo.

El duque bajó á obscuras y abrió la puerta.

Entre la sombra vió un enorme coche de camino, y detrás un carro.

La zaga del coche era un promontorio.

—¿Qué es esto, Díaz?—dijo.

—He concluído en menos de una hora. Como las ventas de España son tan malas, he cargado un carro de comestibles y vino; además he buscado un cocinero, y cuatro lacayos.

—¿Y todo eso en media hora?

—Como que hemos sido diez trabajando á un tiempo.

—¿Y sabe esa gente que me acompañará quién soy yo?