Al llegar, la madera de la reja se abrió.
La duquesa de Gandía estaba esperando al duque.
—¡Oh vos, quien quiera que seais...!—exclamó la duquesa—es necesario que me salvéis... vos que me habéis perdido... temo la mirada de todos... mi mejillas empalidecen; ¡oh Dios mio! creo que todos conocen mi deshonra.
—¡Oh! descuidad, señora—exclamó conmovido el duque, aunque siempre desfigurando la voz... pero es necesario que pongáis de vuestra parte.
—¿Y cómo?
—He encontrado un medio...
—¿Cuál?
—Decid á vuestro confesor que habéis tenido una revelación.
—No os comprendo.
—Sí; he pensado mucho en vos... en vuestro compromiso.