—Pero continuad, continuad; ¿cómo he de hacer yo para que nadie me vea?
—Oíd: tendréis dos habitaciones enteramente provistas de cuanto necesitéis; cuando queráis algo, lo pediréis por escrito; llamaréis y os ocultaréis antes que puedan llegar.
—Y... os comprendo... no sospecharán...
—Vos sois piadosa, os habéis criado en un convento de monjas...
—¿Y si sobreviene alguna enfermedad?
—Dios no querrá, y si eso sucede, ya encontraré otro medio.
El duque y la duquesa acabaron de madurar su plan.
Al día siguiente doña Juana llamó á su confesor, y le dió parte de que había tenido una revelación, que para salvar del purgatorio á su esposo, se la había mandado recluirse durante un año, de tal manera, que no la viese persona viviente; que había prometido hacerlo y que estaba resuelta á cumplir su promesa.
El confesor, que era un reverendo fraile franciscano, bueno y crédulo, aprobó la conducta de la duquesa, y no sólo la aprobó, sino que la excitó á que la cumpliese cuanto antes.
Preparáronse dos habitaciones y empezó el encierro.