—¡Dios mío!
—Os juro, señora, que no me perdonaré nunca el sacrificio á que os obliga mi locura...
—No, no; merezco bien esa penitencia.
—¡Vos!
—Sí, yo; yo, al sentirme deshonrada, debí darme la muerte... y si no fuera por el hijo que siento en mis entrañas...
—Pues bien, señora; yo os juro hacer tan grande y tan poderoso á ese hijo...
—¡Ah, señor! ¿seréis acaso el rey?
—¡El rey! guardáos muy bien, señora, de indicar nada á su majestad; os juro por la salvación de mi alma, que no soy el rey, ni mucho menos; que el rey ninguna parte tiene en vuestra desdicha, que yo soy... yo solo... el causador de ella.
—¡Sin embargo, podéis hacer grande al desdichado fruto de vuestro delito!
—Sí; sí, señora; grande entre los grandes.