Había perdonado al causador de sus males, porque al fin se mostraba generoso, y sentía una viva ansia por conocerle.

Pero el duque de Osuna, que iba recatadísimamente á verla por la reja algunas veces en la semana y en las altas horas de la noche, conservaba rigurosísimamente su incógnito.

En vano doña Juana pretendía desvanecer la sombra de aquel bulto negro que se acercaba á la reja.

En vano pretendía recordar una voz conocida en aquella voz afectada.

El causador de su desdicha seguía siendo para ella un misterio, un imposible, un pensamiento fijo.

Y por intuición, como por instinto, al sentir á su hijo en su seno, la pobre madre pensaba involuntariamente con el corazón abrasado de amor en el duque de Osuna, en aquel hombre á quien no podía pertenecer, que no debía conocer jamás su amor.

Y nunca sospechó que aquel encubierto de la reja fuese el duque de Osuna.

Pasáronse al fin seis meses desde el encierro de la duquesa.

Hacía ya algunos días que el duque ocupaba una casa frente por frente de las rejas de la duquesa, desde donde á una señal debía acudir á todo trance.

El duque conservaba aún la llave del postigo.