Desde hacía algunos días, el duque lo tenía preparado todo; la casa de don Jerónimo Martínez Montiño, en Navalcarnero, una litera y mozos en la casa vecina á la de la duquesa; cuanto era necesario.
Una noche del mes de Septiembre, que Dios quiso fuese obscura y lóbrega, el duque acudió á la reja.
Abrióse ésta al momento, y la dolorida voz de la duquesa exclamó:
—Salvadme, caballero, salvadme; abrid el postigo; entrad; yo muero.
El duque entró, y encontró á doña Juana desmayada.
Entonces hizo salir la litera de la casa de enfrente, sacó á doña Juana en sus brazos, la metió en la litera, cerró el postigo, y partió hacia Navalcarnero.
Hizo el diablo, que en aquellos momentos pasase por la calle el tío Manolillo, y lo viese todo, y siguiese á la litera.
Antes del amanecer, doña Juana volvió á su casa.
Había dejado á su hijo en Navalcarnero.
Doña Juana, exponiéndose á morir, no alteró la costumbre que desde el primer día de su encierro había establecido.