Nadie pudo saber nada.
El tío Manolillo, que había cogido el secreto dos veces, su principio en el Escorial, su fin en Navalcarnero, calló, porque el tío Manolillo sabía que ciertos secretos valen tanto, que no deben malgastarse.
Durante algunas noches, el duque de Osuna entró por el postigo.
Cuando la duquesa estuvo restablecida, cuando pudo bajar las escaleras, le habló por la reja.
—Os doy las gracias—le dijo—, por lo honrado que habéis sido; me habéis salvado, después de haberme perdido, y os perdono enteramente. Existiendo lo que entre los dos existe, ¿no podré saber quién sois?
—No—contestó con voz ronca el duque.
—No insisto; pero juradme que nada tengo que temer por mi hijo.
—El será grande y noble.
—Oíd; yo quiero alguna vez conocerle.
—No es prudente.