Pero en cambio llevaba uno no menos rico de su madre.

—Sí, sí; ¡mis hijos!—exclamó la duquesa—; pero hablad bajo... muy bajo... vos...—añadió dirigiéndose á don Juan—hacedme el favor de cerrar por dentro aquella puerta. Ahora venid, venid conmigo á mi recámara, donde nadie pueda escucharnos.

Los dos jóvenes siguieron á la duquesa.

Esta llevaba asida de la mano á doña Clara.

Cuando estuvieron solos, en un reducido y bellísimo gabinete, la duquesa no pudo contenerse; se arrojó entre los brazos de don Juan, le besó, lloró, rió y por último cayó desvanecida sobre el estrado.

—¡Agua! ¡agua! ¡Clara mía!—exclamó don Juan—¡mi pobre madre!...

Doña Clara buscó agua, y no encontrándola, sacó de su seno un pomito de agua de olor y la esparció sobre el rostro de la duquesa.

Al poco tiempo, como el desvanecimiento había sido ligero, doña Juana volvió en sí.

Vió á los jóvenes y se ruborizó.

Ellos conocían su secreto.