Sin embargo, se detuvo cobarde antes de levantar el tapiz de la puerta exterior.
Vió á don Juan que miraba los retratos de familia de sus abuelos, y á doña Clara que los miraba también hechiceramente apoyada en el hombro de su marido con el más delicioso abandono.
—¡Oh Dios mío!—dijo la duquesa—¡y es preciso, preciso de todo punto!
Y adelantó.
Los dos jóvenes se volvieron.
La duquesa miró á don Juan, hizo un ademán de arrojarse en sus brazos; pero se arrojó de repente en los de doña Clara.
La joven la estrechó entre ellos, la besó en la frente con ternura y la dijo exhalando su alma en su acento y en su voz, que sólo la duquesa pudo oír:
—¡Oh! ¡madre mía!
La duquesa se levantó de entre los brazos de doña Clara, y la miró al través de sus lágrimas.
La joven había tenido la delicadeza de no llevar el aderezo de bodas, aquel terrible aderezo.