—No le digáis nunca... os lo pido con el corazón abierto, por Jesús sacramentado, no le digáis nunca que doña Clara se ha puesto aquel aderezo, que yo os he reconocido, don Juan... no le digáis nunca lo que está sucediendo entre nosotros... lo que sucederá... jurádmelo, hijos míos, jurádmelo.

—Señora—exclamó don Juan—: os lo juro por el nombre de mi padre, que conservaré sin mancha; por vuestro amor, que guardaré en lo más profundo de mi alma.

—Y yo os lo juro por mi honra y por la suya, madre mía.

—¡Oh! ¡pues entonces, soy la mujer más feliz del mundo!—exclamó, dando un grito ahogado por las lágrimas, la duquesa.

Pero de repente palideció y tembló.

—¿Qué tenéis, madre mía?—exclamó don Juan.

—¡Oh! hay alguien que conoce no sé cómo este secreto—dijo la duquesa.

—¡Alguien! ¿y quién es?—dijo don Juan.

—No lo sé... no lo sé... antes de anoche... antes de anoche no encontraba yo á su majestad en su cámara... la buscaba... de repente me dejan caer el candelero de la mano, y oí una voz ronca, una voz que no pude reconocer, y que me dijo, no he olvidado una de sus palabras, no he podido olvidarlas: si queréis que nadie sepa vuestros secretos, noble duquesa, guardad vos un profundo secreto acerca de lo que habéis visto y oído esta noche.

—¿Y no habéis podido averiguar quién era ese hombre?