—¡Dorotea!—dijo don Juan, y se puso pálido.
Helóse el alma á doña Clara al notar la palidez de don Juan, pero no dió indicio alguno de ello.
—Sí, Dorotea; esa mujer te ama.
—¡Oh! ¿y qué importa?—dijo don Juan ya completamente rehecho de su turbación.
—Importa mucho, muchísimo—dijo gravemente doña Clara.
—¿Crees que yo?...
—¡Oh! ¡no! ¡no! yo sé que tu corazón, tu alma, tu pensamiento, todo tú eres mío; pero el bufón del rey es padre ó pariente ó amante de esa perdida... el tío Manolillo es terrible... ella te ama... tú te has casado conmigo... si por vengarse ese hombre...
—¡Oh! te juro... te juro que el bufón no hablará; pero para eso es necesario...
—¡Qué!
—Que don Francisco de Quevedo, mi amigo... mi buen amigo, pueda estar seguro en la corte.