Acudió una doncella.
—Mi manto, al momento; que pongan una carroza.
La doncella salió.
—¡Cómo, madre mía, vos!... ¿Vais á ir?...
—Sí; sí, yo en persona casa del duque de Lerma.
—¿Pero no sería mejor que él viniese?...
—No; no... quiero verle al momento... iré. Pero, toma esas joyas... y la carroza tarda...
—La nuestra...
—¡Ah! ¿tenéis carroza?...
—Y muy bella.