—Había comprometido la honra de...

—Mi honra—dijo doña Clara.

—No, tu honra no—exclamó con extremada energía don Juan—; la honra de la reina.

—¡Cómo!

—Siendo traidor á Lerma, fué traidor á la reina... tenía en su poder unas cartas de su majestad...

—Hiciste bien en matarle...

—No lo he conseguido por desgracia.

—Tú no tienes nada que temer.

—Para salvarme á mí, es necesario salvar á don Francisco.

—Le salvaré. ¡Hola, doña Violante! ¡Doña Violante!