—Y me ayudó don Francisco.

—¡Cómo! ¡dos hombres contra uno!

—No; no, señora; dos contra dos.

—¡Ah!

—No podía ser de otro modo... la verdad del caso es que don Francisco y yo estamos amenazados.

—¡Amenazado tú!

—Sabe Dios de qué, porque sabe Dios si morirá don Rodrigo.

—Pero, ¿por qué le heriste?

—Por miserable.

—¡Por miserable!