—¡Vestida de casa!
—Sí, señor, y siento ya las fuertes pisadas que bastan para adivinar que se acerca su excelencia.
—¡Oh! sí; mi hija es muy buena moza, ¿no es verdad?
—¡Señor, yo no he querido decir!...
—Demasiado buena moza, demasiado hermosa, por desgracia... pero ya está ahí... vete... por ahí...
Y le señaló á Santos una puerta de escape.
La condesa entró en el despacho del duque, cerró la puerta, y asiendo un sillón, le acercó al del duque y se echó el manto atrás.
—¿Qué es esto, Catalina? ¿qué es esto? ¡Pálida, llorosa, con los ojos encendidos! ¿Qué tienes, condesa?...
—No me llaméis condesa, padre: malhaya la hora en que me casásteis con el conde de Lemos.
—¡Ah!...